El problema cuerpo-mente-espíritu

Para los antiguos griegos, el Espíritu se llamaba Nous. Platón basó en esa idea su visión “dualista” del hombre: consideraba que éste estaba compuesto por dos sustancias totalmente distintas –el cuerpo y el alma–. El alma es pura, y reencarna en diversos cuerpos buscando su virtuosismo. El cuerpo, a su vez, es su “cárcel corruptora”. Cuando el cristianismo se hizo la religión oficial del imperio romano, adoptó la antropología platónica (Vía platónica-agustiniana, por San Agustín de Hipona). El medioevo teocéntrico se rigió por este concepto de hombre. Piénsese en los castigos corporales para santificarse, en los ayunos, en la hoguera a aquellas mujeres que no mantenían recato u osaban investigar sobre ungüentos corporales. Es más, estaba prohibido estudiar el cuerpo humano mediante cadáveres, por lo que los que deseaban aprender medicina se trasladaban a Siria, como relata la novela histórica El Médico, de Noah Gordon. Aristóteles planteó una teoría de hombre distinta. Se la llama teoría “hilemorfista”. Dice que el hombre es una sola sustancia, pero, como todo ente, tiene esencia y forma. La esencia del hombre es el alma y su forma es el cuerpo, pero ambas son inseparables para su experiencia vital. Aristóteles fue rechazado por estas ideas y se refugió en Constantinopla. Fueron los árabes quienes lo redescubrieron y, a través de ellos, pasó a la filosofía escolástica, a la llamada vía aristotélica-tomista (Por Santo Tomás de Aquino). Aun así, en la actualidad, la idea dualista de hombre está profundamente arraigada, por ejemplo, al considerar al cuerpo no como parte del ser sino como un obstáculo para la salvación, que empuja constantemente al pecado. Con el movimiento de la Ilustración, las ideas empiristas y racionalistas erigen al conocimiento científico como único medio para llegar a la verdad, para contrarrestar las explicaciones míticas y metafísicas de épocas anteriores. La idea de hombre se equipara al de una máquina, al que se lo puede estudiar midiéndolo y estableciendo leyes generales sobre el funcionamiento, tanto del cuerpo físico como de su psiquismo. Como consecuencia, a fines del siglo XIX se da carácter científico a la psicología y a muchas otras ciencias sociales y, para no perder estatus científico, la psicología se esfuerza en considerar sólo lo que se pueda ver, tocar, medir, generalizar. Lo demás, como el espíritu, es dejado de lado. Sigmund Freud comienza a generar sus explicaciones teóricas con estos criterios científicos de la época, en términos de “equilibrio energético”, de “principios generales”, pero se anima a decir al mundo algo distinto: “no todo lo que existe es lo que se ve”. El inconsciente – para él formado por contenidos en su mayoría sexuales, reprimidos por saberlos desaprobados por la cultura– pugna por salir y se manifiesta en síntomas. Carl Jung no remite exclusivamente ese inconsciente hacia lo sexual; integra sabidurías orientales y se distancia de Freud, convencido de que cada ser humano tiene un Sí mismo esencial y único, y a la vez todos estamos unidos a través de un Inconsciente colectivo. Luego, la psicología humanista -llamada la Tercera Fuerza- abordará al hombre en tres dimensiones inseparables: biológica, psicológica y espiritual (que no es equivalente a religioso). Viktor Frankl habla de un inconsciente espiritual que nunca enferma – el espíritu – y lo decisivo de tener un propósito o sentido de vida para resistir a los avatares de la existencia. Así es que, como en tantos movimientos sociales pendulares, hoy es casi imposible negar la interrelación inseparable cuerpo-mente-espíritu, en especial en las profesiones que se dedican a ayudar a las personas en su salud integral. ¿Sabías que en hospitales públicos de la Patagonia argentina se incluyen a chamanes en la curación de dolencias aparentemente físicas, y logran resultados asombrosos? En Estados Unidos hace unos años, Jon Kabat-Zinn pidió un sótano del hospital donde trabajaba, y, guiado por sus observaciones, mostró prácticas efectivas muy distintas a las que haía aprendido en su formación médica: el mindfulness, meditación apoyada en la respiración para practicar la atención plena en el momento presente. Los estudios bioquímicos y de neuroimágenes muestran increíbles efectos benéficos de la meditación en el organismo. Para comprobarlo, sometieron a estudios al monje Mathieu Ricard, y concluyeron que es “el hombre más feliz del mundo”. La medicina tradicional, que se ha esmerado en crear especializaciones de especializaciones, está teniendo que realizar el camino holístico inverso, creando especialidades que unan dimensiones antes separadas, como la PNIE: psico-neuro-inmuno-endocrinología. ¿Podremos hoy negar que el hombre es un todo en donde se entrelazan de forma inexpugnable soma-psiquis-misterio? ¿Qué pensás?  

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